“La puerta de la justicia: el abogado como guardián de la esperanza”

“La puerta de la justicia: el abogado como guardián de la esperanza”

 

Distinguidas y distinguidos integrantes de esta honorable asociación,

colegas, amigas y amigos:

Diez años no son únicamente una cifra.

Son cientos de historias.

Cientos de conflictos convertidos en causas.

Cientos de personas que, en algún momento de incertidumbre, tocaron la puerta de la justicia… y encontraron en un abogado a quien supo escucharles.

Hoy no celebramos solo la permanencia del Café Jurídico como una institución; celebramos la persistencia de una vocación: la de hacer del Derecho un instrumento vivo, capaz de responder al dolor humano con razones, y a la injusticia con estructura.

Permítanme hablarles de una idea que, aunque solemos enunciar en términos técnicos, en realidad tiene un profundo contenido humano: la tutela judicial efectiva, en su dimensión más elemental y más decisiva: el acceso a la justicia.

Hay una imagen que atraviesa todo el Derecho:

la de una puerta.

La puerta de un tribunal.

Una puerta que, en teoría, está abierta para todos, pero que en la práctica no todos pueden cruzar. Porque no basta con que la puerta exista; es necesario poder llegar a ella, entenderla, atravesarla y, sobre todo, ser escuchado al otro lado.

El artículo 17 de nuestra Constitución promete esa puerta abierta. Nos dice que la justicia será pronta, completa e imparcial. Y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, particularmente la Convención Americana sobre Derechos Humanos, refuerza esa promesa al reconocer el derecho de toda persona a ser oída y a contar con un recurso efectivo.

Pero la experiencia nos enseña algo más complejo:

que entre la promesa normativa y la realidad concreta hay, muchas veces, un abismo.

Ese abismo está hecho de costos, de lenguaje incomprensible, de procedimientos laberínticos, de desigualdades profundas.

Y es ahí donde aparece la figura del abogado.

El abogado postulante es, en muchos sentidos, quien toma de la mano a la persona y la conduce hasta esa puerta.

Es quien escucha un relato fragmentado y lo convierte en una historia jurídicamente inteligible.

Quien toma una emoción, dolor, agravio, indignación, y la transforma en argumento.

Quien traduce el lenguaje de la vida al lenguaje del Derecho.

El acceso a la justicia no ocurre cuando alguien siente que tiene razón.

Ocurre cuando esa razón puede ser expresada, defendida y sometida a la consideración de un tribunal.

Y esa transformación no es automática.

Es obra del abogado.

Pero no cualquier intervención basta.

El Derecho no se sostiene en intuiciones, sino en razones.

La argumentación jurídica, como bien lo ha desarrollado Robert Alexy, es un ejercicio de racionalidad que exige coherencia, justificación y apertura al escrutinio.

Cada demanda es más que un documento:

es una invitación al juez a mirar el mundo desde la perspectiva del otro.

Cada argumento es un puente tendido entre el hecho y la norma, entre la experiencia humana y el orden jurídico.

Por eso, cuando el abogado litiga con rigor, no solo representa a su cliente:

eleva el estándar de la justicia.

Sin embargo, esta función conlleva una responsabilidad que no puede soslayarse.

Porque el abogado se mueve en una frontera delicada: entre la defensa legítima y la distorsión del sistema, entre la estrategia y el abuso, entre la persuasión y la manipulación.

En esa frontera se define, en gran medida, la dignidad de la profesión.

El acceso a la justicia no se fortalece cuando se multiplican litigios sin sustento, ni cuando se explotan las debilidades del sistema para obtener ventajas indebidas. Se fortalece cuando el abogado actúa con seriedad, con honestidad intelectual y con respeto por el Derecho.

Porque, al final, la pregunta no es solo si ganamos un caso, sino cómo lo ganamos.

En contextos de desigualdad, como el nuestro, esta reflexión adquiere una urgencia mayor.

Hay quienes llegan a los tribunales con todos los recursos a su alcance.

Y hay quienes llegan con lo único que tienen: su historia.

Para estos últimos, el abogado no es solo un profesional; es una posibilidad.

La posibilidad de ser escuchados.

La posibilidad de no quedar al margen.

La posibilidad de que su dignidad tenga un cauce institucional.

Cuando el abogado asume ese papel con conciencia, ocurre algo extraordinario:

el Derecho deja de ser un sistema abstracto y se convierte en una herramienta de inclusión.

Por eso, afirmar que el abogado es un baluarte de la justicia no es una metáfora exagerada.

Es una descripción precisa.

Porque sin abogados comprometidos, el acceso a la justicia se convierte en una ilusión.

Y sin acceso a la justicia, los derechos pierden su sustancia.

El abogado es, en ese sentido, un constructor silencioso del Estado de Derecho.

No aparece en las sentencias, pero está en su origen.

No dicta resoluciones, pero influye en su calidad.

No encarna la imparcialidad, pero hace posible que esta opere.

Permítanme cerrar con una imagen.

Imaginen nuevamente esa puerta.

Del otro lado, un tribunal.

De este lado, una persona con un problema que no sabe nombrar jurídicamente, pero que siente con absoluta claridad.

Entre ambos, el abogado.

No como un obstáculo, no como un filtro, sino como un puente.

Un puente hecho de palabras, de técnica, de estudio… pero también de algo más difícil de enseñar: de sensibilidad frente al otro.

Porque en el fondo, ejercer la abogacía es un acto de traducción profunda:

traducir la vida al lenguaje del Derecho sin perder su humanidad.

Hoy, al celebrar estos diez años, vale la pena preguntarnos:

¿Seguimos siendo puentes?

¿Seguimos abriendo caminos hacia la justicia?

¿Seguimos honrando esa puerta que la Constitución promete abierta?

Si la respuesta es afirmativa, entonces esta asociación no solo tiene historia:

tiene sentido.

Y si queremos honrar verdaderamente estos diez años, no basta con mirar hacia atrás. Hay que mirar hacia adelante y reafirmar un compromiso:

Que ninguna persona se quede sin cruzar esa puerta por falta de defensa.

Que ningún derecho se quede sin voz por falta de argumento.

Que ninguna injusticia se quede sin respuesta por falta de compromiso.

Porque mientras exista alguien esperando del otro lado, la abogacía seguirá siendo necesaria.

Y mientras exista un abogado dispuesto a tender ese puente, la justicia seguirá siendo posible.

Muchas gracias.

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